Hace un par de días tuve la oportunidad de entrentrevistar a Cristina Rubalcava, artista plástica mexicana. La conocí, sin querer, en el Museo de la Ciudad de México. Nuestro encuentro, ahí, fue una de esas casualidades de la vida, de esas cosas que no se planean pero que al final resultan ser muy satisfactorias.
Pues bien, nosotros íbamos por otra exposición, pero ella estaba ahí en ese preciso espacio y tiempo. Recuerdo que cuando llegamos Cristina estaba terminando una entrevista con una chava de AFP. No le puse mucha atención y comencé a observar su mural de Los Tigres del Norte, me pareció bueno, después de un rato comencé a notar las reacciones que su obra desencadenaba en los expectadores, reacciones que me incitaron a querer saber más ella.
A los pocos minutos me instale frente a la jalisciense, que radica desde hace 32 años en París, y comencé la charla. La plática no duró más de unos quince minutos, pero fue tan amena, que me surgió la necesidad de pedirle una segunda entrevista para conocer más acerca de sus proyectos, en especial el de Ingrid Betancourt.
La cita fue a la siguiente semana en su departamento en La Condesa, un espacio casi libre de muebles, pintado todo de blanco y con mucha, mucha luz que hacia nacer en mi cierto aire de tranquilidad. El lugar me dio pauta, no para entrevistarla, sino para platicar con una mujer luchona, sensible, con mucho talento, pero sobre todo con ideales bien, pero muy bien plantados, tal vez esta última característica me hizo identificarme tanto con ella.
Hablamos un poco de todo, de su carrera, de lo difícil que a veces puede resultar la vida de un pintor en el extranjero, de la añoranza por su país, que incluso en ocasiones llega a quemar el alma estando en Europa, de su relación con la Virgen de Guadalupe, de faceta como compositora, de su interés por llevar un mensaje a la juventud, de su canción para Panteón Rococó, de su amistad con Los Tigres, de sus ánimos por ayudar a cruzar el charco a los chavos del Faro Oriente y de su próximo proyecto, un mural itinerante por América Latina sobre la Virgen, y la participación de Betancourt en esté.
Al irme explicando Cristina evocaba tiempos, espacios y sensaciones, que sin caer en el sentimentalismos, me daban la pauta para ir reconstruyendo su vida en mi memoria, fue una química inusual, debo decir nunca antes había experimentado tal sensación con ningún otro entrevistado. Tal vez porque siempre lucho por las causas, mas que por los efectos… lo otro cae por su propio peso.
Era como si pudiera verme a través de sus palabras, las sensaciones que narraba como la añoranza, nostalgia, gratitud, fraternidad, persistencia por permanecer en algo, en este caso en el arte, y lo que es más chistoso como las narraba, me hacían recordar que estas alguna vez habían azotado mi alma.
Que extraño, así pasa… a veces la correspondencia surge en los tiempos y lugares más inciertos.
Después del encuentro nos despedimos con un abrazo cordial, ella prometió seguir en contacto y yo, entregarle el vídeo y el texto publicado antes de que regrese al viejo continente, promesa, que ahora, me exige a realizar no un buen sino un excelente trabajo, y eso va por mí.
Pues bien, nosotros íbamos por otra exposición, pero ella estaba ahí en ese preciso espacio y tiempo. Recuerdo que cuando llegamos Cristina estaba terminando una entrevista con una chava de AFP. No le puse mucha atención y comencé a observar su mural de Los Tigres del Norte, me pareció bueno, después de un rato comencé a notar las reacciones que su obra desencadenaba en los expectadores, reacciones que me incitaron a querer saber más ella.
A los pocos minutos me instale frente a la jalisciense, que radica desde hace 32 años en París, y comencé la charla. La plática no duró más de unos quince minutos, pero fue tan amena, que me surgió la necesidad de pedirle una segunda entrevista para conocer más acerca de sus proyectos, en especial el de Ingrid Betancourt.
La cita fue a la siguiente semana en su departamento en La Condesa, un espacio casi libre de muebles, pintado todo de blanco y con mucha, mucha luz que hacia nacer en mi cierto aire de tranquilidad. El lugar me dio pauta, no para entrevistarla, sino para platicar con una mujer luchona, sensible, con mucho talento, pero sobre todo con ideales bien, pero muy bien plantados, tal vez esta última característica me hizo identificarme tanto con ella.
Hablamos un poco de todo, de su carrera, de lo difícil que a veces puede resultar la vida de un pintor en el extranjero, de la añoranza por su país, que incluso en ocasiones llega a quemar el alma estando en Europa, de su relación con la Virgen de Guadalupe, de faceta como compositora, de su interés por llevar un mensaje a la juventud, de su canción para Panteón Rococó, de su amistad con Los Tigres, de sus ánimos por ayudar a cruzar el charco a los chavos del Faro Oriente y de su próximo proyecto, un mural itinerante por América Latina sobre la Virgen, y la participación de Betancourt en esté.
Al irme explicando Cristina evocaba tiempos, espacios y sensaciones, que sin caer en el sentimentalismos, me daban la pauta para ir reconstruyendo su vida en mi memoria, fue una química inusual, debo decir nunca antes había experimentado tal sensación con ningún otro entrevistado. Tal vez porque siempre lucho por las causas, mas que por los efectos… lo otro cae por su propio peso.
Era como si pudiera verme a través de sus palabras, las sensaciones que narraba como la añoranza, nostalgia, gratitud, fraternidad, persistencia por permanecer en algo, en este caso en el arte, y lo que es más chistoso como las narraba, me hacían recordar que estas alguna vez habían azotado mi alma.
Que extraño, así pasa… a veces la correspondencia surge en los tiempos y lugares más inciertos.
Después del encuentro nos despedimos con un abrazo cordial, ella prometió seguir en contacto y yo, entregarle el vídeo y el texto publicado antes de que regrese al viejo continente, promesa, que ahora, me exige a realizar no un buen sino un excelente trabajo, y eso va por mí.
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